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Era una fiesta arraigada... (I) .- 24-febrero-2017

Posted by Caminante y peregrino

      Hacía muy poco tiempo, apenas cincuenta días antes, el pueblo hebreo había celebrado aquella fiesta tan arraigada, tanto por su nacionalismo como en el interior de las propias personas, porque suponía la conmemoración de aquel hecho histórico que, del brazo poderoso de Yavéh, los había transformado de un pueblo esclavo y vilipendiado en una nación libre, provista de unas Leyes, que daba culto al único Dios verdadero que los había elegido para ser su pueblo.
      En su memoria conservaban la tradición recordando la salida de Egipto, la persecución posterior por el ejército del Faraón y el paso por el mar Rojo. Todo era recordado con cariño y entusiasmo año tras año. Era la Pascua. El Pésaj.
      'Tres veces al año celebrarás fiestas en mi honor',(Éx. 23, 14). Era el mandato que Dios les había dado y los hebreos lo cumplían puntualmente, pues lo tenían todo reglamentado por el mismo Yavéh: 'Contaréis cincuenta días hasta el día siguiente al séptimo sábado, y entonces ofreceréis al Señor una ofrenda de granos nuevos'. (Lv. 23, 16). Esta fiesta comenzó a llamarse en sus principios 'la fiesta de las siete semanas' (shabuot) y tenía un sentido eminentemente agrícola, pues era la celebración de la acción de gracias por la recolección de las cosechas: 'Observarás también la fiesta de la siega, de las primicias de todo lo que hayas sembrado del campo. Y la fiesta de la recolección, al terminar el año, cuando recojas de los campos el producto de tu trabajo'. (Éx. 23, 16). 
      Con el tiempo, el sentido primigenio de esta festividad se convertiría en la conmemoración de la Alianza entre Dios y el pueblo judío representado por Moisés, en el monte Sinaí, cuando Yavéh le entregó las Tablas de la Ley para el pueblo israelita. Más adelante la festividad recibió el nombre de Pentecostés por los cincuenta días que transcurren desde la Pascua hasta la celebración de esta otra festividad.
      Durante los días que duraba la celebración de Pentecostés, eran muchos los judíos, incluso de la diáspora, que iban a Jerusalén, si bien también se dirigían allí de otras razas y naciones por negocios u otros motivos.
      En este ambiente festivo iba transcurriendo la convivencia de los Apóstoles y los discípulos de Jesús. Iban y venían por todo Jerusalén procurando no hacerse ver ni notar por los fariseos doctores de la Ley o sacerdotes del Templo. Todavía conservaban algo del miedo  que habían tenido cuando vieron el sufrimiento de Jesús en su Pasión y Muerte.
      No obstante, cuando alguien se les acercaba para preguntarles algo sobre su Maestro, le contestaban con prudencia y cuando llegaban a la conclusión  de que sus intenciones eran sinceras y cabales les añadían más detalles. Incluso a algunos de ellos se los llevaban donde habitualmente se reunían y hacían oración con todos. 
      Los que no vivían en Jerusalén pero aún permanecían allí desde la Resurrección, aunque tenían deseos de regresar a sus casas no querían hacerlo porque todos ellos tenían presentes las palabras de Jesús momentos antes de ascender al cielo: 'No salgáis de Jerusalén; aguardad más bien la promesa que os hice de parte del Padre; porque Juan os bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de pocos días'. (Hch. 1, 4-5).

      Nadie sabía el significado que encerraban aquellas palabras, pero a nadie se le ocurría preguntar nada a nadie. Sin embargo, aunque todos se sabían conocedores del tema a un mismo nivel, no se podía evitar que mirasen a Pedro esperando que les transmitiese alguna novedad, quizá recibida de lo alto.
      Pero no. Aunque Pedro era consciente de esas miradas de sus compañeros, nada podía decirles porque nada sabía, pero como en ese momento eran bastante numerosos, se atrevió a decirles algo para ayudarles en lo que pudiera en la espera en la que todos estaban inmersos: 'Hermanos y amigos, sé que todos recordáis el mensaje que nuestro Maestro y Amigo nos transmitió y estáis expectantes en su cumplimiento. Os aseguro que personalmente me encuentro igual que vosotros, pero sí deseo deciros dos cosas: La primera es que os fijéis en la actitud de María, la Madre del Señor. Sabe lo mismo que nosotros. Espera lo mismo que nosotros. Ama más que nosotros. Y su paciencia y confianza es muy superior a la nuestra. Nosotros hemos convivido tres años con el Maestro. Ella ha convivido treinta y tres años con Él. Jamás ha pedido nada y sin embargo lo ha dado todo. Hemos de aprender de ella, de su paciencia y de su esperanza.

      María notó que los ojos de todos se posaron en ella pero no dijo nada, lo cual no era nada extraño, pues toda su vida había mostrado una prudencia enorme y exquisita que se traducía en su silencio. Cerró sus ojos, inclinó suavemente su cabeza sobre el pecho y continuó escuchando a Pedro.
      'La segunda cosa que os quería decir -continuó Pedro- es que repaséis en vuestra memoria si ha habido algo que Jesús haya dicho y no haya cumplido. Nada encontraréis porque siempre ha cumplido cuanto ha dicho y ésto de ahora no va a ser ninguna excepción. Estad, pues, tranquilos. Cuando lo considere oportuno hará lo que crea conveniente  y sabremos en el acto que es lo que prometió. Ahora os sugiero una cosa que me parece la más adecuada en estos momentos: vamos a orar juntos aquí y ahora. Pongámonos como estábamos en el cenáculo celebrando la última Pascua con Él, antes de ir a Getsemaní y abrámosle, una vez más, nuestro corazón'.
      Pedro calló y todos sin excepción inclinando la cabeza centraron sus pensamientos en Aquel que había marcado sus vidas y de una u otra forma a Él dirigieron sus corazones, sus propósitos, su disponibilidad,... Nada se oía pero todos comenzaron a sentir un suave calor, absolutamente desconocido, que les envolvía y se sentían como poseídos por Él. 'De repente vino del cielo un ruido, semejante a un viento impetuoso, y llenó la casa donde se encontraban. Entonces aparecieron lenguas como de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos'. (Hch. 2, 2-3).
PENTECOSTÉS .-JEAN RESTOUT.-NEOCLASICISMO
      Abriendo los ojos veían a sus amigos y compañeros igual que antes, pero sintiéndose diferentes. Eran hombres y mujeres nuevos. Estaban comprendiendo que la promesa de Jesús se estaba cumpliendo en ese preciso instante. Notaban el calor y la presencia del Espíritu Divino en cada uno de ellos. Sentían la realidad del significado de las palabras que les dirigió comunicándoles que 'serían bautizados con Espíritu Santo'. Comprendían que todos eran ya una Comunidad. Era el nacimiento de la Iglesia que Jesús comenzaba a edificar sobre la Roca de Pedro, según las palabras que antaño le había dirigido: 'Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella'. (Mt. 16, 18).