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Comienza el largo camino (II).-20-septiembre-2015

Posted by Caminante y peregrino

      CAMINO DEL CALVARIO.-PEETER BALTENS.-S. XVI
      Mientras tanto la Madre de Jesús había recobrado plenamente la consciencia y el fuerte alboroto de la gente le recordó a su Hijo. Mirando a Juan, le pidió: '-Juan, llévame donde está Él, por donde tenga que pasar. Quiero verlo de nuevo'. El discípulo asintió con la cabeza. Lo entendía plenamente y, de alguna manera, él también quería estar cercano a su amigo y Maestro. Nuevamente se puso en camino esa comitiva unida por el dolor, la amistad y la solidaridad hacia una de las calles por donde pasaría, eligiendo la que fuera más estrecha para que la cercanía física permitiera sentir a Jesús que no se encontraba solo en aquel trance amargo. El deseo de ver nuevamente a su Hijo le daba una fuerza especial, inaudita en una persona que estuviese pasando por aquel trance. De sus ojos enrojecidos seguían cayendo lágrimas, unas veces silenciosas, otras acompañadas de leves gemidos.
RAFAEL SANCIO.-RENACIMIENTO
      No tardó mucho tiempo en aparecer una avanzadilla de soldados que apartaban de la calzada a la gente para permitir el paso franco de la triste comitiva. Los insultos que recibían los condenados se escuchaban perfectamente y los que iban dirigidos a Jesús hacían temblar a su Madre. Cuando el centurión pasó por delante de María le llamó la atención los esfuerzos que hacía para contener sus emociones y esperar serena el paso de la comitiva. Aunque siguió su camino, algo le hizo volverse atrás para ver nuevamente a la mujer que tan poderosamente le había llamado la atención. Otra vez pasó junto a ella y por un momento sus miradas se encontraron. En ese instante un intenso escalofrío le corrió por todo el cuerpo y un sentimiento de vergüenza e impotencia le inundó. Se sintió miserable por aquella sentencia, a todas luces injusta, como si hubiese sido el autor material de la misma. Un grito desgarrado le sacó de su ensimismamiento: '¡¡HIJO!!  ¡¡HIJO MÍO!!
      Se volvió y vio a la mujer abrazada al Nazareno y aún pudo entender, más que oír, la respuesta: 'Ma...dre. Madre ...mía...' El reo había caído nuevamente y esa circunstancia hizo que María se abalanzase a abrazar a su Hijo. No veía nada ni a nadie. Sus ojos se centraban en ver a su Hijo doliente y cubierto de sangre. Solamente unos segundos lo retuvo en sus brazos, como antes había hecho en una gruta de Belén. Unos soldados se acercaron para separar aquella mujer pero la oportuna llegada del centurión evitó que sus subordinados se propasasen en el trato con ambos. 'Vosotros tres ayudad a levantarse al reo con cuidado'.
      Él, bajando del caballo, ayudó a aquella pobre Madre rota de sufrimiento y dolor a levantarse,  la entregó a Juan que se acercaba a ellos y mirándolo a los ojos le dijo muy suavemente: 'Cuídala'. El discípulo, mirándolo de frente, asintió suavemente con la cabeza. De nuevo se cruzaron las miradas de la mujer hebrea y del centurión romano. Ahí no había distinción de razas o nacionalidades. De creyentes en Jesús o no creyentes.  María miró al centurión con un inmenso agradecimiento que turbó a aquel soldado acostumbrado a la dura vida militar donde los sentimientos no tienen cabida. Pero en ese momento los descubrió y se prometió a sí mismo hacer cuanto estuviese en su mano para aliviar a aquel condenado sin desobedecer las órdenes recibidas.  
      Entre Juan y las mujeres llevaron de nuevo a María donde hacía un  momento estaba semiinsconsciente por el dolor, la pena y las emociones. El cortejo siguió su marcha con un Jesús dando muestras de su extenuación.  Su falta de fuerzas era tan evidente que los mismos legionarios vieron la imperiosa necesidad de que alguien debía ayudarle a llevar la cruz. Se miraron entre ellos y, como si se hubieran puesto de acuerdo, miraron la multitud buscando un hombre robusto que cumpliese con su cometido. '¡Allí!', exclamó uno de ellos.
      Se trataba de un hombre medianamente alto y robusto que volvía de su trabajo. Los soldados 'echaron mano de un cierto Simón de Cirene que venía del campo, (Lc. 213, 26) el padre de Alejandro y Rufo, para que tomara la cruz'. (Mt. 15, 21). Estaba cansado de la dura jornada que había hecho y protestó. No quería hacerlo. ¿Por qué tenía que ayudar a un reo? Pero ante las amenazas de los romanos no tuvo otra elección. Se acercó de mala gana al reo y éste lo miró. Esa mirada turbó a Simón porque había reconocido al rabí que predicaba a las gentes y que en el monte le había dado de comer pan y pescado, lo mismo que a 'unos cinco mil hombres sin contara las mujeres y niños' (Mt. 13, 21) que allí había. Le vino a la cabeza una frase que le había oído en aquella ocasión: 'Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán la misericordia'. (Mt. 5, 7). Se sintió en deuda con Él y le ayudó primero a levantarse. Después los soldados 'le cargaron con la cruz para que la llevase en pos de Jesús'. (Lc. 23, 26).
      Vio tambalearse al Maestro y apresuró el paso como pudo para ponerse a su lado. Se dirigió a Él: 'Maestro. Cógete a  mí y descansa lo que puedas'. Nuevamente su volvieron a cruzar sus miradas. La de Jesús, con un agradecimiento infinito. Una leve mueca que quería ser una sonrisa se marcó en su boca. Este sincero gesto caritativo le había permitido olvidar momentáneamente sus dolores. Fue como un bálsamo que le dio nuevas fuerzas. Simón por su parte notó algo en su interior que le obligó a redoblar sus fuerzas para evitarle mayores sufrimientos, pero se sentía un hombre nuevo, distinto, absolutamente conmovido y solidario con el reo al que estaba aliviando. Jamás olvidaría aquella mirada el resto de su vida. 
ARENT DE GELDER.-BARROCO

Comienza el largo camino (I).- 04-septiembre-2015

Posted by Caminante y peregrino

SENTENCIA DE MUERTE DE JESÚS.-JAMES TISSOT.-S. XIX - XX
      El Sanedrín había conseguido su objetivo. El procurador romano le había entregado a Jesús para ser crucificado según sus propósitos, tras la pantomima de lavarse las manos dando a entender que él no tenía nada que ver  con aquella muerte. Los príncipes de los sacerdotes se regocijaban de la sentencia.
      La plaza estaba estratégicamente rodeada de legionarios romanos que mantenían a raya a la multitud de judíos  que habían pedido gritos la muerte de Jesucristo. Pilatos se puso los vestidos propios para emitir oficialmente la sentencia que proclamaba la condena a la cruz del reo, desde el litóstrotos.
      María, la Madre de Jesús, había intentado estar lo más próxima posible a su Hijo y esto le había permitido oír la injusta sentencia proclamada por Pilatos. Al darse cuenta de lo que eso significaba, sufrió un vahído y cayó al suelo. Juan y las mujeres la atendieron de inmediato y poco a poco fue recobrando la consciencia. Cuando recordó lo que iban a hacerle a su Hijo, un amargo llanto exteriorizó el infinito sufrimiento de su alma. Unos judíos próximos a ella se preguntaron: '¿Quién es esa mujer que llora de esa manera? Uno de los presentes que conocía a María desde hacía tiempo por verla con Jesús, le respondió: 'Es la Madre del Nazareno, el condenado a la cruz'. Juan se dio cuenta que hablaban de ellos y aguzó el oído. Al oír que hablaban de la Madre les dijo a las mujeres: 'Vámonos de aquí. Es preciso que se reponga María y este ambiente no la va a ayudar'. Entre todos la ayudaron a caminar  y se dirigieron a un lugar seguro.
      Esto les impidió ver cómo le colocaban a Jesús sus vestiduras  tras retirarle, de malos modos, la túnica roja que le habían puesto para escarnecerlo. 
JAMES TISSOT .- S. XIX - XX 
      Con los tirones que dieron para quitársela abrieron alguna de sus heridas provocándole nuevos dolores. Obedeciendo las órdenes de unos soldados romanos componentes de la comitiva que iba a cubrir el trayecto hasta el Calvario, Jesús se dirigió a tomar su cruz. Otros soldados le ayudaron a tomarla y se la colocaron sobre el hombro, viendo el mal estado físico en que tenía. El Salvador se tambaleó al recibir aquel peso sobre su persona, pero sobreponiéndose, inició la dura marcha, unos 600 metros de recorrido, sobre un terreno accidentado y cuesta arriba, teniendo serias dificultades para caminar, para respirar, probablemente con fiebre alta y soportando el intensísimo dolor de las heridas que tenía por todo el cuerpo, hasta llegar a su destino.
      Un contingente de soldados tenía la misión de controlar todos los lugares por donde debía pasar la comitiva con los tres condenados: las calles, los cruces de las mismas, las casas,... 
UGOLINO DI NERIO .- GÓTICO
      Incluso personas que estarían a lo largo del trayecto, para satisfacer su curiosidad, unos; para continuar insultando y vejando a los reos, otros. Y no faltaba un núcleo mínimo de personas que, de alguna manera, lamentaban lo injusto de la condena de Jesús porque lo habían acompañado en algunas ocasiones y lo habían oído predicar, reconociendo en Él algo más que un  profeta.
       La comitiva la formaban dos filas de legionarios a ambos lados del trayecto y marchando al frente de ellos, un centurión romano a caballo. Los reos iban por en medio de la calle y de vez en cuando recibían alguna piedra, bolas de barro o desperdicios de comida, además de insultos y burlas. Unos soldados marchaban delante de los condenados portando unas tablas en las que se podía leer el motivo de la crucifixión. Jesús, doblado por el sufrimiento, por el dolor físico y por el peso del madero, caminaba arrastrando los pies. Aunque intentaba esquivar las piedras, fango o cualquier cosa que supusiera un nuevo impedimento en su camino, no pudo ver un charco de barro que le obligó a caer al suelo. Inevitablemente la cruz le cayó encima provocándole nuevos lamentos y dolores que no pudo evitar.
JAMES TISSOT .- S. XIX - XX
      Unos soldados se dirigieron donde había caído ordenándole que se levantara con la ayuda de los puntapiés que le daban. Dándose cuenta el centurión de lo que estaban haciendo y del estado del reo, movido a compasión ordenó a sus subordinados: '¡Quietos! Tomad a ese hombre y ayudadlo a ponerse en pie. Debe llegar vivo al Calvario y os hago responsables de que así sea'. No tuvieron más remedio que obedecer y ayudaron a ponerse en pie a Jesús aunque no les hiciera mucha gracia. Y nuevamente se pusieron en camino.