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Era una fiesta arraigada...(y II).- 16-marzo-2017

Posted by Caminante y peregrino

      No podían permanecer allí. Se sentían impulsados hacia el exterior, hablar con todos y comunicarles lo que habían vivido hacía apenas unos instantes. Así lo hicieron y en cuanto se vieron entre las gentes comenzaron a dirigirse a ellos y a contarles sus vivencias, porque 'todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo los movía a expresarse'. (Hch. 2, 4).

      'Se hallaban entonces en Jerusalén judíos piadosos venidos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido acudieron en masa y quedaron estupefactos, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Todos, atónitos y admirados, decían: -¿No son galileos los que hablan? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua materna? (Hch. 2, 5-8). Era un fenómeno al que nadie  estaba acostumbrado y la perplejidad del auditorio aumentaba por momentos, porque no podían asimilar que partos, medos, elamitas, egipcios, árabes o romanos los oyesen hablar cada uno en su propia lengua con un tema común: las grandezas de Dios.
      Algunos israelitas que contemplaban estos hechos se sentían aturdidos. No podían entender aquel fenómeno inaudito al que apenas daban credibilidad aun siendo testigos presenciales. No les cabía duda que Yavéh era el autor de semejantes maravillas, pero les costaba admitirlo. Entre ellos había un grupo de cuatro israelitas que comentaba fervorosamente aquellos hechos: 'Jamás se me hubiera ocurrido pensar que Dios se nos manifestase de esta manera. Porque tengo la seguridad de que todo esto es obra suya', comentó el llamado Meser.
     
      Eleazar no cesaba de mirar los nutridos grupos de israelitas bienintencionados comentando este suceso, cada vez más convencidos de que aquello era una señal de Yavéh. '¿Recordáis? -dijo. Y continuó con los ojos levemente cerrados: 'Os rociaré con agua pura y os purificaré de todas vuestras impurezas e idolatrías. Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; os arrancaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré un espíritu en vosotros y haré que viváis según mis mandamientos, observando y guardando mis Leyes. (Ez. 36, 25-27). Sí. ¡Claro que sí! Los otros tres amigos asintieron con la cabeza.

      A Yarin le vino a la cabeza el profeta Isaías y completó la cita de su amigo Eleazar con la voz entrecortada por la emoción: 'Yo derramaré agua sobre el sediento, arroyos en la tierra ardiente; derramaré mi espíritu sobre tu estirpe, mi bendición sobre tu descendencia, y crecerán como hierba junto al agua'. (Is. 44, 3). Quedó en silencio. Sus amigos también, pero en su interior muchas emociones corrían por sus pensamientos y por sus recuerdos vividos hacía muy poco tiempo en el Calvario mientras contemplaban el sufrimiento del Siervo de Yavéh.
      Juntos marcharon a mezclarse con los que habían acudido  al lugar para averiguar el fortísimo trueno que habían oído a qué se debía y oyeron las opiniones más peregrinas. Mientras unos 'estaban estupefactos y perplejos diciendo: ¿Qué significa todo esto?', porque no lo consideraban natural y tenían claro que era algo totalmente fuera de lo habitual, 'otros, por el contrario, se burlaban y decían: -Están  borrachos'. (Hch. 2, 12-13).

      '¡Atención, amigos.! Mirad...' Quien así hablaba era Meser, que llamó la atención de sus amigos señalando el lugar hacia donde se encontraban los apóstoles. Vieron que reclamaban silencio y cuando empezó a producirse, 'Pedro, en pie con los once, levantó la voz y declaró solemnemente: -Judíos y habitantes todos de Jerusalén, fijaos bien en lo que pasa y prestad atención a mis palabras. Estos no están borrachos como pensáis, pues son las nueve de la mañana. Lo que ocurre es que se ha cumplido lo dicho por el profeta Joel:
      En los últimos días, dice Dios, derramaré mi espíritu sobre todo hombre, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, vuestros jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos sueños sobre mis siervos y mis siervas derramaré mi espíritu en aquellos días y profetizarán'. (Hch. 2, 14-18).
      El silencio era absoluto. Según iba hablando Pedro, hasta los más incrédulos habían enmudecido y la totalidad del auditorio estaba pendiente de cuanto un desconocido Pedro se dirigía a ellos explicándoles lo que estaba sucediendo apoyándose en las Escrituras como si fuese un Maestro de la Ley. Tras una breve pausa y cambiando la forma de dirigir el mensaje a esa porción  del pueblo allí congregada, se dirigió nuevamente a ellos:

      'Israelitas, escuchad. Jesús de Nazaret fue el hombre que Dios acreditó ante vosotros con los milagros, prodigios y señales que realizó por medios de Él entre vosotros, como bien sabéis. Dios lo entregó conforme al plan que tenía previsto y determinado, pero vosotros, valiéndoos de los impíos, lo crucificasteis y lo matasteis. Dios, sin embargo, lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte, pues era imposible que ésta lo retuviera en su poder'. (Hch. 2, 22-23).
      El número se había incrementado algo  y según iban captando el sentido del mensaje de Pedro, no les importaba quedarse para terminar de oír cuanto decía, pues adivinaban que todavía no había finalizado de transmitir su mensaje. Y así fue, pero lo que dijo a continuación les hizo sentirse  aludidos y reconocer en algunos de ellos , su culpabilidad: 
      'Así pues, que todos los israelitas tengan la certeza de que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús a quien vosotros crucificasteis'.
      'Estas palabras les llegaron hasta el fondo del corazón, así que preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: .-¿Qué tenemos que hacer, hermanos?' 
PEDRO BAUTIZA A LOS CONVERSOS.-MASACCIO.-RENACIMIENTO
Era el momento clave. En su interior todos se sentían culpables de aquella crucifixión que los fariseos y sacerdotes habían deseado inicuamente. Estaban viendo meridianamente claro que habían sido manipulados y a algunos de los presentes les martilleaban en el cerebro sus gritos pidiendo la crucifixión del Justo. Y aquello era como una enorme y pesada losa sobre sus conciencias.
      Inmediatamente de oír la pregunta que les dirigían, 'Pedro les respondió: -Arrepentíos y bautizaos cada uno de vosotros en nombre de Jesucristo, para que queden perdonados vuestros pecados. Entonces recibiréis el don del Espíritu Santo. Pues la promesa es para vosotros, para vuestros hijos  e incluso para todos los de lejos a quienes llame el Señor  nuestro Dios. 
      Y con otras muchas palabras los animaba y los exhortaba, diciendo: Poneos a salvo de esta generación perversa. Los que acogieron su palabra se bautizaron y se les agregaron aquel día unas tres mil personas'.(Hch.2, 36-41).

     La Iglesia fundada por Jesucristo y sellada con su Pasión, Muerte y Resurrección, comenzaba a caminar. Era el amanecer de una nueva aurora que solamente finalizaría con la Parusía o Segunda Venida gloriosa del Salvador.
EL TRIUNFO DEL CRISTIANISMO SOBRE EL PAGANISMO.-GUSTAVO DORÉ.-REALISMO
      Hoy, en el siglo XXI, continuamos con la esperanza puesta en nuestro Salvador y Señor, esperando esta Segunda Venida.
Laudetur Iesus Christus. 
Alabado sea Jesucristo.