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El fin del principio (III) : La crucifixión y muerte (II).-24-Noviembre-2015

Posted by Caminante y peregrino

CALVARIO.-ANTONIO MUÑOZ DEGRAIN.-ECLECTICISMO
      Era la hora sexta. Algunas personas que habían abandonado el Gólgota, a pesar de no haber entrado todavía en Jerusalén, no pudieron evitar volver el rostro y mirar el lugar que habían abandonado. La silueta del lugar árido y pedregoso donde se estaba ejecutando la execrable sentencia se recortaba sobre el cada vez más oscuro cielo de la ciudad. Sobre este cielo que parecía protestar de lo que contemplaba con la desaparición de la luz, se recortaban también las trágicas siluetas de las tres cruces.
      Jesús se movía en algunos momentos para intentar cambiar de postura y eso le producía un dolor difícil de imaginar en toda su realidad.Sus débiles quejidos se oían en el silencio de quienes acompañaban a Jesús en su tortura, impotentes, entremezclándose con algunos suspiros y lamentos de dolor y de pena por asistir a los últimos instantes de vida de su Maestro y amigo.
      La Madre de Jesús, sentada en el suelo, permanecía inmóvil. Juan, permanentemente junto a ella, no dejaba de preocuparse. Si antes ya lo hacía, ahora, después que Jesús se la confiara todavía aumentaba su responsabilidad. Era una última voluntad que debía cumplir. BARTOLOMÉ BERMEJO.-GÓTICO
      María la de Cleofás permanecía absorta en sus pensamientos. Siempre que su marido había manifestado sus temores de seguir a Jesús, ella le había confesado su fe en el Maestro. Además, no en vano era Hijo de su hermana María (Ver Jn. 19, 25). Paulatinamente, a medida que iba oyéndolo predicar y escuchaba cuanto se contaba sobre los milagros que hacía, se iba formando en su interior la certeza de que era realmente el Mesías que Israel esperaba. Ciertamente había roto todos los esquemas que el pueblo había concebido de ser un rey poderoso y fuerte guerrero, pero en ninguna parte de la Torah estaba escrito que eso sería así. Había demostrado ser señor de la vida  curando enfermos y tullidos, ciegos y leprosos, y también era señor de la muerte resucitando a Lázaro y a otros muertos. ¿Quién podía hacer eso si no era el mismo Dios?
      Aunque ahora le viera clavado en aquel leño, el corazón y su fe le decían que 'aquello' que veía no podía terminar así. No sabía cómo, pero algo tenía que suceder. Desde su interior estaba abriendo la puerta a una esperanza que no sabía cómo iba a finalizar porque iba más allá de ella misma.
      Sus pensamientos se interrumpieron al notar que María le había cogido la mano y la apretaba suavemente. Parecía como si quisiera transmitirle el ánimo que todos estaban necesitando. Le correspondió cerrando aquella mano de Madre doliente entre las dos suyas, mientras alguna lágrima emocionada caía sobre su rostro. 
ELÍ, ELÍ.-JAMES TISSOT.-S. XIX - XX
       De súbito salieron de su ensimismamiento todos los componentes de aquel pequeño grupo así como el centurión, algunos soldados y gente que estaba por allí, porque Jesús había dado un fuerte suspiro entrecortado y exclamó: 'Elí, Elí, lema sabachtani? Que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?'. (Mt. 27, 46).
      Ese grito de angustia al sentirse sólo ante el tormento que sufría y la muerte que ya se acercaba, le había hecho dar ese grito de desesperación tomado del salmo 22, que a todos, sin excepción, había conmovido. 
      La dificultad que tenía para respirar le producía una asfixia que lo impulsaba a buscar una postura para poder tomar aire y expulsarlo luego, lo cual suponía apoyarse en los pies clavados a la cruz, para que la tensión muscular se aliviase algo. Al elevar su cuerpo, este rozaba sobre el áspero madero. Ésto, en una espalda flagelada y llagada, añadía un nuevo suplicio al de no poder respirar. Era perfectamente humano que se encontrase abandonado, aunque de hecho supiese que no era así. Sabía que el Padre estaba con Él como había estado siempre desde que comenzó a existir en el vientre de María, pero el momento que vivía era extremadamente duro.
NUESTRA SEÑORA DE LA CRUZ.-ALBERT CHANOT.-S. XIX - XX
       Su Madre, al oír este lamento se levantó colocándose al pie de la cruz abrazándose a ella, intentando transmitirle que no se encontraba sólo en esos momentos de angustia. Juan y las otras Marías también se pusieron junto a la Madre abrazándola. Magdalena cayó a los pies de la cruz semiinconsciente por el sufrimiento que también soportaba. Unos soldados intentaron acudir para apartarlas, pero el centurión se lo impidió. Era una forma más humana de ayudarlos. Aquella Madre..., aquella mujer..., era algo especial. Se conmovía al verla sufrir, sí, pero también por su entereza a pesar del terrible dolor que debía sentir.
    'Era ya como la hora de sexta, y las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta la hora de nona'. (Lc. 23, 44). Efectivamente las tinieblas eran cada vez más densas. Parecía que la naturaleza también se solidarizaba con su Creador. Las personas que presenciaban el suplicio de Jesús permanecían atentos a cuanto sucedía como si quisieran controlar todos esos momentos. La exclamación desgarrada de Jesús no les pasó inadvertida, pero no debieron oírla bien porque 'algunos de los que allí estaban, oyéndolo, decían: -A Elías llama éste'. (Mt. 27, 47).
      Quienes así se expresaron se vieron rodeados por las miradas de algunos que estaban junto a ellos, dándoles a entender que desaprobaban el comentario que habían hecho. 
CRUCIFICADO .- EUGÈNE DELACROIX .- ROMANTICISMO 
      Esto ocasionó que los dejaran solos y se fueran juntando cuantos desaprobaban la sentencia de Jesús, por injusta, y aquellos que la habían provocado. Algunos de los componentes del primer grupo se daban golpes de pecho o se echaban polvo sobre la cabeza. Los del segundo grupo permanecían impertérritos, impasibles ante aquella tragedia. Estaban consiguiendo lo que se habían propuesto desde hacía tiempo.
      'Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura dijo: Tengo sed'. Juan y las mujeres quedaron tensos. No tenían nada para que bebiera. El joven discípulo se acercó a un soldado. Quería pedirle permiso para darle algo de beber. El centurión se acercó para oír lo que quería aquel muchacho y, enterado de su propósito, hizo una seña a uno de sus subordinados, el cual, entendiendo lo que su superior le indicaba, se dirigió hacia donde estaban algunos de sus compañeros. 'Había allí un botijo lleno de vinagre. Fijaron en una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la llevaron a la boca'. (Jn. 19, 28-29).
TENGO SED.-JAMES TISSOT.-S. XIX - XX
       Juan volvió a reunirse con el grupo de mujeres. Levantó la cabeza y miró a Jesús. ¡Qué distinto del Jesús que él había acompañado por las tierras israelitas! Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Le pareció que ya estaba próxima la muerte de su Maestro. Se cubrió los ojos con la mano derecha mientras la izquierda la posaba sobre una pierna ensangrentada de su amigo como dándole el testimonio de su presencia y la notó fría. Se sintió inútil, impotente,...y rompió a llorar en silencio procurando no amargar más a María y al resto de mujeres, que también estaban de pie delante de la cruz junto a él. Había padecido y seguía padeciendo muchas emociones en tan poco tiempo.
      Sintió una profunda admiración por la entereza de la Madre, aunque sabía con certeza que interiormente estaba destrozada.
      
      

El fin del principio (II): Crucifixión y muerte.-07-noviembre-2015

Posted by Caminante y peregrino

CRISTO CRUCIFICADO.-RON DICIANNI.-S. XX - XXI
      Esto no se lo esperaban. No podían permitir que les pusiese ante sus ojos que el Nazareno era su Rey y, como era previsible, protestaron. 'Dijeron, pues, a Pilato los príncipes de los sacerdotes de los judíos: -No escribas "Rey de los judíos", sino que Él ha dicho "Soy Rey de los judíos". Pero el gobernador ya estaba harto de que aquella gente quisiera imponer siempre su voluntad y obró como debiera haberlo hecho mucho antes. 'Respondió Pilato: -Lo escrito, escrito está'. (Jn. 19, 19-22). Y no hubo nada más que hablar.
      Juan no apartaba su mirada de Jesús y de vez en cuando miraba a María por si sufría un nuevo desvanecimiento poder atenderla. En uno de esos momentos tuvo que volver a mirar a Jesús porque le pareció que iba a decir algo. Prestó atención y le oyó decir: 'Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen'. (Lc. 23, 34).
  'Era la hora tercia cuando lo crucificaron'.(Mt. 15, 25).
      'Los soldados, una vez que hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida toda desde arriba. Dijéronse, pues, unos a otros: "-No la rasquemos, sino echemos suerte sobre ella para ver a quién le toca", a fin de que se cumpliese la Escritura: "Dividiéronse mis vestidos y sobre mi túnica echaron suertes". Eso es lo que hicieron los soldados'. (Jn. 19, 23-24).
      Mientras se repartían las vestiduras de Jesús, los que llevaban a cabo la crucifixión finalizaron su tarea y procedieron a izar la cruz. No fue tarea fácil, pero para Jesucristo fue peor. Todas las sacudidas que daban para fijarla en el suelo  suponía terribles dolores por todo su cuerpo, pero especialmente en las muñecas y en los pies donde le habían puesto los clavos para fijarlo a ella.
ELEVACIÓN DE CRISTO EN LA CRUZ.-PEDRO PABLO RUBENS.-BARROCO
      A pesar de que no era la primera vez que crucificaban a una persona, en esta ocasión se les hacía más difícil y no sabían por qué. Al final consiguieron poner el madero vertical en el agujero que previamente habían preparado, y arrastrando la cruz la dejaron caer de golpe en la oquedad del suelo. El golpe hizo perder el conocimiento muy brevemente al Mesías por el intensísimo dolor ocasionado. El árbol de la cruz fue fijado al suelo con unos calzos de madera y con piedras con el fin de mantenerla vertical.
      Cuando consideraron finalizada su tarea, se retiraron para marcharse, quedando los soldados romanos montando guardia. Juan levantó a María del suelo en ese momento para llevarla al pie de la cruz. Las otras mujeres le siguieron. 'Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María la de Cleofás y María Magdalena'. (Jn. 19, 25). Jesús, destrozado por el dolor que le producían los clavos, todas sus heridas y la forzada postura en la cruz, entreabrió los ojos. Comenzó a ver las figuras turbias y poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a la ¿normalidad? Frente a Él, algo a su derecha distinguió a los escribas y a los fariseos del templo, unos a caballo y otros a pie, contemplando su 'obra'. Algo apartado de allí le pareció ver a Simón, el que le había ayudado a llevar la cruz e incluso a Él mismo.
LO QUE CRISTO VEÍA DESDE LA CRUZ.-JAMES TISSOT.-S. XIX - XX
      Pero su mirada quedó quieta en las figuras que tenía frente a Él. A pesar del agudo y profundo dolor que lo devoraba por fuera y por su interior, se emocionó al ver a su Madre (siempre había estado cercana a Él y ahora tampoco lo había abandonado), a la hermana de su Madre y a su joven discípulo Juan. Abrazada a la cruz, rozándole sus pies, estaba María Magdalena. Por su frente enfebrecida pasaron brevemente recuerdos de su infancia junto a su Madre mientras Él trabajaba en la carpintería de José, en Nazaret. 'Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su Madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: -Ahí tienes a tu Madre. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa'. (Jn 19, 26-27).
AHÍ TIENES A TU MADRE.-WILLIAM BLAKE.-ROMANTICISMO
      Juan sujetó a María. Le había parecido que se tambaleaba ligeramente, pero no. Su entereza la mantenía firme, pero sentía la emoción de que su Hijo se preocupara de Ella y la confiara al cuidado del fiel discípulo. Empezaba a notarse un viento suave al principio pero que a medida que pasaba el tiempo se volvía más fuerte.
      El cielo se estaba oscureciendo por momentos y nubes de tormenta iban formándose. La gente, incluidos los escriba y farios, comenzaron a marcharse.
BLASFEMIAS DE LOS JUDÍOS.-MIHÁLY MUNKÁCSY.-S. XIX
      'Los que pasaban lo insultaban meneando la cabeza y diciendo: 
      -Tú que destruías el Templo y lo reedificabas en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz. Y lo mismo los jefes de los sacerdotes, junto a los maestros de la Ley y los ancianos se burlaban de Él diciendo:
      -A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Si es rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en Él. Ha puesto su confianza en Dios; que lo libre ahora, si es que lo quiere, ya que decía "Soy Hijo de Dios", (Mt. 27, 39-43). 
CRUCIFIXIÓN DE CRISTO ENTRE DOS LADRONES.-VASILI BALYAEV.-S. XIX
      La tristeza de Jesús hizo mella en Él. Le dolió en el alma todo cuanto decían, pero no por Él, sino por la forma irreverente con que nombraban a su Padre. Su pensamiento se dirigió al Padre para darle gracias por la Redención que ya estaba llegando y para pedirle fuerzas con el fin de resistir hasta el momento que dispusiera. Por si fuera poco, 'uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: -¿No eres tú el Mesías? Pues sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro intervino para reprenderlo, diciendo -¿Ni siquiera temes a Dios tú, que estás en el mismo suplicio? Lo nuestro es justo, pues estamos recibiendo lo que merecen nuestros actos, pero éste no ha hecho nada malo. Y añadió: -Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino'.
      Giró su cabeza para mirar a quien así había hablado. Durante toda la Pasión estuvo guardando silencio, rompiéndole solamente para contestar al sumo sacerdote y al gobernador romano, pero ahora se encontraba con que uno de sus compañeros de crucifixión le pedía misericordia. Se dio cuenta que la sinceridad era absoluta y eso prevalecía a todo el sufrimiento que tenía. Su ya débil corazón le impulsó a darle una respuesta más allá de lo que pedía: 'En verdad te digo: Hoy estarás conmigo en el Paraíso'. (Lc. 23, 39-43).
JESÚS PERDONA AL BUEN LADRÓN.-TIZIANO.-MANIERISMO
      Dimas no acabó de entender lo que Jesús le decía, pero todo su ser se inundó de una infinita paz. Se encontró reconciliado con todos aquellos a los que había perjudicado, consigo mismo y con todo el universo. No podía explicarse encontrar tamaña felicidad en el estado que se encontraba, pero era algo real. Jamás había sido tan feliz. Inclinando la cabeza sobre su pecho rompió a llorar.
         La Madre de Jesús y el resto del grupo fueron testigos excepcionales de aquel diálogo y de aquel gesto del Maestro con aquel compañero de suplicio, pero no les extrañó. Conocían fehacientemente su misericordia y su facilidad para ejercitarla ante un pecador verdaderamente arrepentido, como era el caso que presenciaban.
      El centurión romano estaba asombrado de cuanto presenciaba y se daba cuenta que aquella persona era alguien trascendente, muy por encima del gobernador y del propio Emperador, pero tenía un deber que cumplir y debía hacerlo. Después... ya veríamos.