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De nuevo ante Pilatos (II) .-03-agosto-2015

Posted by Caminante y peregrino

COLUMNA DE LA FLAGELACIÓN.-BASÍLICA DE SANTA PRÁXEDES.-ROMA
      Cuando Pilatos pronunció su decisión, '...nada, pues, ha hecho digno de muerte. Le corregiré y le soltaré'. (Lc. 23, 14-16), tenía claro que Jesús era inocente y a toda costa quería librarlo de la crucifixión, aun conociendo lo que significaba la flagelación romana. Los encargados de ello tomaron a Jesús y lo condujeron a la plaza, a corta distancia del puesto de guardia, donde había una columna para este menester. Allí ataban a quien debían flagelar.
      Jesús fue atado con cuerdas gruesas, probablemente con las manos por encima de la cabeza para que no pudiera proteger ninguna parte de su cuerpo de los golpes que iba a recibir. Aunque se solían emplear varas más o menos largas, el instrumento habitual era el flagelo romano. Este estaba compuesto por un mango corto del cual sobresalían tres correas de cuero de unos cincuenta centímetros de longitud, al final de los cuales, en las puntas, había dos bolas de plomo o astrágalos de carnero.
      Al ser flagelado por soldados romanos y en una dependencia militar de Roma, estaba sujeto a un número de golpes indefinido, con solamente un límite: que no debía morir. Si era condenado a la cruz, debía llegar vivo a ella. Y el Salvador, como puede verse en el hombre de la Santa Síndone, no tenía ninguna zona libre de golpes. Bueno, sí. En la cabeza no fue golpeado ni tampoco por la zona del corazón por lo dicho anteriormente.
SÁBANA SANTA.-TURÍN
      De cualquier forma, los golpes de los esbirros romanos eran inmisericordes. No solamente no intentaban minimizarlos, sino que iban a ver quién los perfeccionaba más. A cada uno de ellos, el Hijo del hombre se retorcía de dolor y sus quejidos y lamentos se oían cada vez con menor intensidad por el insufrible dolor y agotamiento, como si fuesen una suave oración dirigida al Padre. Eran un contraste con los gritos de los verdugos que entre burlas y chanzas se iban relevando.
ADOLPHE BOUGUEREAU.-CLASICISMO
      Hubiera podido decirse que su cuerpo era una sola llaga, una sola herida, un único sufrimiento,...era la personificación perfecta del dolor. Parece ser que la duración de esta tortura fue de unos tres cuartos de hora, pero para Jesús y para su Madre, que lo presenciaba todo desde un lugar más apartado, fue infinito.
      Todos los golpes recibidos fueron haciendo su labor cortando en mayor o menor grado la piel, los músculos y quizá algunos de los tendones de su cuerpo produciendo contusiones, llagas y lesiones en órganos internos. 
DIEGO DE SILOÉ.-RENACIMIENTO
      Existen estudios de la flagelación de Cristo escritos por doctores en Medicina que analizan desde el punto de vista médico lo que ocurrió en el cuerpo de Cristo con los golpes recibidos. Ya de por sí mismos constituyen un serio motivo de reflexión y meditación de lo que padeció Nuestro Señor por cada uno de nosotros en esos momentos, antes de la crucifixión, que de ningún modo quiso evitar pudiendo hacerlo: '...que no se haga mi voluntad, sino la tuya'. (Lc. 22, 42b). 
      Era el momento que Isaías vio: 'No había en Él belleza ni esplendor, su aspecto no era atractivo. Despreciado, rechazado por los hombres, abrumado de dolores y familiarizado con el sufrimiento; como alguien a quien no se quiere mirar, lo despreciamos y lo estimamos en nada'. (Is. 53, 2-3). Aquella realidad se escapa a nuestras capacidades humanas. Pienso que no somos capaces con nuestras limitaciones de vislumbrar la entrega del Hijo de Dios por nuestra Redención. Solamente una especial iluminación divina podría hacernos ver la terrible realidad y el amargo significado de aquellos momentos. Acaso fuese eso lo que el profeta vio y escribió.
      Continua su relato: 'Sufrió el castigo para nuestro bien y con sus llagas nos curó. Andábamos todos errantes como ovejas, cada cual por su camino, y el Señor cargó sobre Él todas nuestras culpas. Cuando era maltratado, se sometía y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca'. (Is. 53, 5-7). Todo su aspecto lo resume  al final del capítulo anterior de una forma contundente: 'Lo mismo que muchos se horrorizaban al verlo, porque estaba tan desfigurado que no parecía hombre ni tenía aspecto humano'. (Is.52, 14).

      Cuando soltaron a Jesús y cayó al suelo, lo hizo sobre su propia sangre. Intentó incorporarse y limpiarse la sangre  y el sudor de sus ojos. Entonces se cruzó su mirada con la de su Madre. Quiso decirle algo pero lo cogieron y se lo llevaron a otro lugar. La Madre deseó gritarle una frase de ánimo, pero no pudo. 
      En ese momento vio ante ella a la mujer del procurador romano, visiblemente emocionada y llorosa, que puso en sus manos unas telas para limpiar a Jesús cuando, según pensaba, fuese liberado por su marido. 
      Aunque se marchó de inmediato, pudo vislumbrar la mirada de agradecimiento y ternura de aquella Madre Dolorosa. Esto le causó una profunda impresión de pena y misericordia ante tanto sufrimiento que ella hubiera querido evitar y que no había podido hacerlo.
      María, con las telas que Claudia Procla le había proporcionado, se acercó hacia donde Jesús había sido flagelado y con la ayuda de otra de las mujeres que la acompañaban, recogieron la sangre del suelo que su Hijo había derramado allí en cumplimiento de la Misión encomendada por el Padre Eterno para rescatar al género humano de las garras del mal y del pecado.

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